Hablando de amor propio con el pequeño de casa

Febrero  llegó y pareciera que viene a darnos un poco de serenidad después de dos meses sumamente memorables para la mayoría. Este mes es sinónimo de amor, corazones, fresas, chocolates y todo lo más dulce y tierno que hay en el mundo debido a la celebración de San Valentín.

Dejen les platico que para mí, una de las cosas más importantes en la vida es el amor. Primeramente porque es un concepto universal, es básico, ilimitado y creo yo, una virtud; porque abarca una cantidad de sentimientos diferentes que la mayoría de los seres humanos poseemos. Esos sentimientos generan emociones, y las emociones tienen un papel importantísimo en la vida de las personas.

Ya que tienen una idea de la interpretación que tengo del amor, les voy a compartir como es que en esta casa todo absolutamente todo tiene un poco de amor como parte de la vida cotidiana. Hace unas semanas, Cald llegó de la escuela con un golpe en la pierna, le pregunté qué le había pasado y me platicó que un niño desconocido y más grande que él, le había dado una patada. Por supuesto que mis focos de alarma se encendieron en rojo, inicié mi interrogatorio lo más gentil que pude, y me dijo su parte de la historia. Resultó que ese niño cuando juega, busca y logra lastimar a los demás chicos de manera intencional, y cuando el personal de la escuela le llama la atención siempre se escuda con que fue un accidente.

No voy a mentir, me tomé un par de minutos en digerir la historia y no arremeter contra el otro niño. Después le pregunté a Cald: ¿Qué solución le pondrías a ese problema?, me vio con los ojos abiertos de sorpresa y dijo: «mantenerme lejos de él y pedir ayuda si se repite». Le dije: ok, vamos a intentar eso y veremos cómo funciona.

Un par de días después le pregunté cómo iba la situación y me respondió que bien, que cualquier cosa él me diría o iría con el personal de la escuela. Ahí fue donde tuve la oportunidad de hablarle por primera vez sobre amor propio. Le explique lo más sencillo que pude, el amor comienza por uno mismo, y la forma más básica de tener amor propio es cuidando de lo que vemos, comemos, leemos y tenemos en nuestros grupos de amigos y familiares. Que el amor más grande debe ser hacia nosotros, y eso incluye por supuesto nuestro cuerpo, y si alguien lo lastima, tenemos que apartarnos y pedir ayuda; y siempre, sin importar nada, estaré dispuesta a escucharlo y buscar juntos una solución a lo que sea, que nunca va a estar en problemas conmigo, aunque debe saber que sus acciones tienen consecuencias buenas y malas.

De ahí salió una plática larguísima y simpatiquísima que me dejó en vilo gran parte de la noche, donde me platicó sus más grandes y geniales sueños, sus miedos que no son muy diferentes a los míos, y lo que más le gusta hacer en la vida, ahí aproveché para decirle que si lo enfoca puede ser su gran pasión y lograr cosas increíbles.

No sé ustedes, pero para mí esto es nuevo, en mi niñez nunca escuché el termino de amor propio, yo creo nuestros padres estaban tan ocupados en proveernos las cosas básicas que se daba por sobreentendido que teníamos amor propio y ahora me doy cuenta, a pesar de ser una virtud universal, se nos enseña a dar amor, pero nunca a empezar con nosotros mismos. Dicho esto, cada que no quiere comer algo porque no le gusta, le digo, Cald, nutrir tu cuerpo es más importante que solo quitar el hambre, o cuando se cae o se lastima y se levanta rápido porque le da pena, le digo, calma deja que tu cuerpo se recupere de tremendo azotón que diste, eso permite que sepas si algo no está bien, y así con todo.

Creo que el amor propio está en cada decisión que tomamos, desde qué ver, con quién hablar, qué hacer, si hay algo de amor propio en ello, por añadidura natural, es algo bueno para nosotros. Una vez que te sientes nutrido, tranquilo y entero, puedes expandir ese amor tan inmenso hacia los demás y hacia las cosas. Recordemos que el amor es extremadamente poderoso, versátil y lo mejor, no cuesta un centavo, está ahí, dentro de cada uno de nosotros.

Keila Barron

Nací y crecí en la Ciudad de México, el destino me llevó a emigrar a los Estados Unidos hace algunos años emprendiendo un viaje sin retorno. La vida me regaló un marido como nunca lo imaginé, entre dos idiomas y diferentes culturas llegaron mis dos hijos. Mi nombre es Keila, soy una mujer que, como todas, tengo múltiples roles: soy esposa, amante, mamá, hija, hermana, amiga, alumna, y lo que se vaya ofreciendo durante el día. Me encanta platicar, así que que les voy a compartir un poco de todo lo que sucede en esta pequeña familia y los malabares que hago porque todos estemos en una sola pieza antes de irnos a la cama.

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