Fin de año: Cultivando la gratitud

Llegó diciembre y con él un paquete tremendo de emociones. En lo personal, si no fuera por la comida y mis hijos, que esperan este mes con tanta ilusión, me podría ir sin escala hasta el 31, el último día del año. No sé ustedes, pero esa fecha tiene un suave aroma a viejo, a lo que fue, lo que pudo ser y que ya pertenece al pasado.

Este año fue una rueda de la fortuna, los cambios de sopetón, estuvieron a la orden del día, las sorpresas tanto buenas como malas, fueron muchas, y me gusten o no, son bienvenidas.

Mientras me tomo mi café, me doy cuenta que lo simple, es lo que más se disfruta. Sin pretensiones, sin poses, sin argumentos y sin justificar el por qué de las cosas. Mientras observo a mí alrededor, puedo notar la abundancia en la que vivimos mi familia y yo, tengo tanto que no me cabe en las manos. Muchas veces, me es fácil quejarme, por lo que sea, y entre más quejas hago, mi carácter y actitud se vuelven más grises, menos amenos y sobre todo, invade un sentimiento de frustración a todos en casa. En ese momento es donde dejo de valorar a los que están a mí alrededor, no es que no los adore con todo mí ser, pero me transformo en una mamá espantosa, esa que nadie quiere para sus hijos. Ahí, es donde tengo que dar un paso atrás, y empezar de nuevo, con una actitud de gratitud hacia todo lo que nos ha brindado la vida este año, enfocar mi atención en esas bondades.

Como lo he dicho en el pasado, la mayoría de las veces, no sé en qué me metí al ser mamá; al principio todo lo que quería era hijos sanos, se me fue concedido; después, hijos ejemplares, afortunadamente eso no existe; le di la vuelta a la hoja y me encontré con que quería hijos felices, vaya broma se nos hace cuando pretendemos hacer hijos felices.

Un hijo feliz las 24 horas del día, sería sinónimo de un dictador frío y manipulador, al que se le cumplen todos sus caprichos por miedo a que la criatura sea infeliz por el resto de su vida, y nos cuelguen sus miles de traumas y complejos en su edad adulta. Como de todas formas no voy a lograr hacer hijos felices todo el tiempo, bueno, pues ahora estoy enfocada en criar hijos agradecidos. Sí, esos que en verdad disfrutan lo que se les da, esos chicos, que saben que todo o casi todo lo que tienen son privilegios, y que se pueden perder ya sea por azares del destino, por una tragedia, o porque no los cuidaron.

Sé que suena cruel y difícil, pero no lo es. El 2018 fue un año donde procuré que Cald e Ivanna sintieran eso: gratitud. Eso los hace sentir más contentos, los relaja tremendamente y no he encontrado otra palabra que surja mejor efecto en Cald que un simple gracias. En verdad, suena casi tonto, pero cuando le doy las gracias sin que ocurra algo extraordinario, él cambia, su vibración cambia, se transforma en una versión que yo adoro.

La semana pasada fue el cumpleaños de Cald, como cada año, procuro que su día sea especial, sin embargo por la distancia que hay entre donde vivimos y todos nuestros seres queridos, es difícil festejarle como a él le gustaría. Pero le hice su pastel, le compramos una de las tantas cosas que quería; la pasó lindo y le fascinó su regalo.

Ya en la noche, le di las gracias primero por ser mi hijo, mientras le desenredaba esos chinos libres como su corazón, después le di las gracias por haber disfrutado de su cumpleaños, su respuesta fue: gracias a ti, por ser quien eres. Me sería imposible describir con palabras ese momento tan dulce, una simple frase nutrió nuestra relación y el lazo entre madre e hijo como pocas cosas. Me fui a dormir sintiéndome tan bien, tan plena, aunque el día no fue como yo esperaba, al final mi hijo me había dado un regalo que supera por mucho todo lo que yo le he dado, sintió gratitud.

Eso me hizo reflexionar y pensar que ya lo tengo todo, todo lo que puedo desear ya está en mí vida, solo es cuestión de poner cuidado y amor en lo que me hace sentir tan bien. Y es que los niños son grandes maestros, cuando me siento perdida, ellos sin darse cuenta, con un sentido común nato, me aterrizan sin aviso, me dan cuantas pistas necesito para encontrar la rienda de esta familia de nuevo.

Hace poco, Ivanna y yo fuimos al súper, esta chiquita no usa la boca para hablar tanto como la usa para disfrutar de la comida que le gusta. Aquí hay algunas tienditas de productos mexicanos, a las cuales vamos para sentirnos un poquito cerca de nuestras raíces, bueno, más mías que de ella, el caso es que en cuanto vio las conchas me pidió una; ¡caray!, la niña cantaba y bailaba mientras le daba tremenda mordida a una concha de chocolate, los ojos se le abrieron como platos, saque mi teléfono rapidísimo y tuve la fortuna de captar el momento, hicimos las compras súper contentas, sin los típicos: siéntate, deja eso, no te pares. Podía ver el gozo y el gusto con el que se comió un simple pan, esa plenitud que apreciamos las dos, se llama gratitud hacia las bondades de la vida.

Si tan solo de manera consciente, nos propusiéramos agradecer por algunas pocas cosas al día, la vida se pintaría de mil colores, no hablo de pretender que todo es perfecto, eso sería ridículo, me refiero al simple hecho de disfrutar el día a día lo más que se pueda. Nunca es tarde para empezar a ser agradecidos, reconocer las cosas buenas y lo mejor es que se puede comenzar desde ya. ¡Gracias!, gracias a todos con los que crucé caminos este 2018, gracias por quedarse, por irse, y por haber sido parte de este año.

Keila Barron

Nací y crecí en la Ciudad de México, el destino me llevó a emigrar a los Estados Unidos hace algunos años emprendiendo un viaje sin retorno. La vida me regaló un marido como nunca lo imaginé, entre dos idiomas y diferentes culturas llegaron mis dos hijos. Mi nombre es Keila, soy una mujer que, como todas, tengo múltiples roles: soy esposa, amante, mamá, hija, hermana, amiga, alumna, y lo que se vaya ofreciendo durante el día. Me encanta platicar, así que que les voy a compartir un poco de todo lo que sucede en esta pequeña familia y los malabares que hago porque todos estemos en una sola pieza antes de irnos a la cama.

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