Entre dos idiomas

Ni en un millón de años, imaginé que terminaría viviendo lejos de mi amada Ciudad de México, la simple idea de emigrar a otro estado de la República Mexicana, me chocaba y me ponía a la defensiva. Crecí sintiendo que mis raíces eran profundas y definitivas, que no había necesidad de hablar otro idioma, más que el español y su derivado urbano, ya saben, el folclor con el que acaloradamente le damos énfasis a las pláticas los mexicanos.

Confiada y sin sospechar que el destino me tenía una gran sorpresa, deambulé durante 28 años por los mismos rumbos, aquellos que sigo añorando todos los días. La Ciudad de México tiene un encanto difícil de explicar en palabras, sus calles son un recuerdo de épocas lejanas, con sus adoquines y balcones emblemáticos de un México nuevo en un siglo pasado, donde majestuosos edificios que pertenecieron a antiguas colonizaciones poco a poco se asoman, dejando ver su esplendor oculto debajo de una de las metrópolis más grandes del mundo.

Un buen día, me invitaron a un viaje a las Vegas en donde cambiaría mi vida por completo, incluyendo mi lenguaje. Aun sin hablar el mismo idioma de quien me invitó, me hicieron una propuesta que no pude rechazar, un hombre de pocas palabras y acciones rápidas me pidió matrimonio, acepté y con eso venía un boleto de avión que a los pocos meses me arrancaría casi todas las raíces físicas que tenía en la Ciudad de México para ponerlas en una maleta rumbo a otro país, otra cultura y otro idioma. Siendo honesta, todo fue tan rápido, que el choque de culturas e idiomas lo superé sin darme cuenta.

Mi querido esposo, como ya mencioné, es una persona de muy pocas palabras, habla poco, no tiene filtros, es muy directo, y no habla español, pero me tiene mucha paciencia, gracias a eso, el primer año de matrimonio fue una aventura entre un mal inglés, un poco de español y ganas de estar juntos. Con el crecimiento de mi hijo, llegó el “spanglish” a la casa, es algo así como una sopa de dos idiomas, que tanto BJ (así le decimos a mi esposo de cariño) como yo, entendemos perfectamente. Y bueno, con esa sopa de idiomas, también está la mezcla de culturas y costumbres. ¡Caray!, si es difícil llegar a un acuerdo entre dos personas para formar a unos chiquillos, más complicado es entre dos adultos con diferentes culturas.

Como buena madre mexicana, soy consentidora, cuento hasta tres, y claro que alargo el unoooo, doooooos, dos y medio y tres, para darle tiempo a la criatura de reflexionar y que me ahorre el trabajo de pararme para que haga lo que le pido, que siendo sincera, la mayoría de las veces les cuento hasta tres en automático para ahorrarme tiempo y presionarlos. En cambio mi querido marido, les da hasta uno. Hemos platicado infinidad de veces que eso es muy poco, que son niños, que tienen que aprender despacio, pero sigo sin ganar en ese terreno. Aparentemente en su cultura, todo es rígido, poco flexible y con consecuencias inmediatas. Claro que me enojo, me pongo de mil colores, resoplo de berrinche de ver que los trae como pequeños gendarmes, pero es su forma de educar y lo respeto.

Hay otras cosas en las que no doy mi brazo a torcer, una de ellas, es en las noches: Cald le tiene miedo a la obscuridad, como la mayoría de los niños, así que necesita tener una luz encendida aunque sea pequeñita en su recámara, y de preferencia quedarse dormido en mi cama después de leer juntos, para cuando me voy a acostar ya esté profundamente dormido y poder llevarlo a su habitación. BJ lleva seis años tratando de convencerme de que debe quedarse dormido solo en su cama, en ocasiones él se acuesta primero en forma de protesta, entonces yo voy y me acuesto por unos minutos con Cald en su recámara, mientras BJ resopla de berrinche.

Como en todo, no puede faltar la armonía de este “son” que es Ivanna, esta chiquita quien se rehúsa a sus tres años a decidirse por un idioma, optando por una independencia y forma de mandar a todo el que se deje, que según mi marido, ha heredado de mí, mencionando cada que puede que “la manzanita no cayó lejos del árbol”. Ivanna se niega a hilar más de tres palabras juntas, ni que decir si prefiere español o inglés, aparentemente, habla cuando yo no estoy presente y con otros niños. Siendo sincera, la plática entre ellos ha de ser más retroactiva que la de los adultos que nos la pasamos gobernando sus vidas desde que nacen. Decidí llevarla a consulta con un profesional, un terapeuta del habla quien nos informó que la niña va a hablar cuando ¡se le pegue la gana!, que si queremos llevarla a terapia sería fantástico, pero que no ve ningún problema físico en ella.

BJ y yo estuvimos de acuerdo en darle su tiempo y espacio para que hable, es verdad que va a un ritmo diferente a la mayoría de los niños que a esa edad son unos pericos que repiten todo cuanto escuchan, bien podríamos pasar por padres despreocupados por no presionarla, pero lo asumimos sin culpas dejando que ella fluya a su manera; y con esto, Ivanna nos ha enseñado, sin darse cuenta, que para comunicarnos no hace falta hablar la misma lengua, basta con las ganas de estar juntos, y un poco de paciencia para convivir entre dos idiomas.

Keila Barron

Nací y crecí en la Ciudad de México, el destino me llevó a emigrar a los Estados Unidos hace algunos años emprendiendo un viaje sin retorno. La vida me regaló un marido como nunca lo imaginé, entre dos idiomas y diferentes culturas llegaron mis dos hijos. Mi nombre es Keila, soy una mujer que, como todas, tengo múltiples roles: soy esposa, amante, mamá, hija, hermana, amiga, alumna, y lo que se vaya ofreciendo durante el día. Me encanta platicar, así que que les voy a compartir un poco de todo lo que sucede en esta pequeña familia y los malabares que hago porque todos estemos en una sola pieza antes de irnos a la cama.

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