Haz espacio para lo nuevo

Un día platicando con una de mis primas, me comentó que su jefa, quien es una persona con muchísimos recursos económicos, podía poner toda la ropa de sus tres hijos en una mesa pequeña, es decir, los niños tenían lo más básico e indispensable que necesitan para vestirse y supongo que de la misma manera ha de ser en los demás aspectos de su vida. Recuerdo su cara cuando me dijo: “¡Qué sencilla sería mi vida si yo hiciera lo mismo!”.

Pasó el tiempo y la conversación no me dejó de perseguir por mucho tiempo. En verdad qué sencilla sería mi vida si yo no tuviera que doblar esas torres de ropa, si no tuviera que mover todo lo que hay en una alacena para sacar mi cacerola favorita, esa, que termino usando y lavando más de una vez al preparar la misma cena. Debo admitir que soy compradora compulsiva y eso de tener lo más básico me estresa un poco, sobre todo en cuanto a mi ropa. Y ni que decir de mis amados zapatos, esos bellos tacones que me hacen sentir que estoy en la cumbre del mundo de tan solo calzarlos, de los cuales tengo muchos y hasta de más, la mayoría abandonados en la parte más sagrada del armario y solo me hacen el honor de acompañarme por cortas horas en ocasiones especiales que lo ameritan.

En cierto momento, una amiga me dijo que se estaban haciendo colectas para donar cosas en buen estado a los refugiados de Siria, sin más ni menos ahí tenía la oportunidad de matar dos pájaros de un tiro y un día puse manos a la obra. No fue fácil, pero la idea de estar ayudando a alguien que lo necesita, le dio al proceso una razón con suficiente peso.

Lo primero que hice fue deshacerme de lo que ya no estaba en buen estado, ya saben, esas cosas que nos súper encantan pero que ya no te pones porque están viejísimas, esos juguetes que regalaron muchas sonrisas a los niños pero que dieron su vida literal en ello, utensilios de cocina incompletos, contenedores sin tapas, productos caducados y cuanto “trique” que no tiene ninguna utilidad. Todo eso sin pensarlo se fue a la basura, mi sorpresa fue ver con cuanta basura convivimos durante meses sin darnos cuenta.

El segundo paso, fue clasificar, debo admitir que tuve que hacer una excepción en este proceso con las cosas de mi adorado marido, quien me pidió que por favor no me metiera con sus pertenencias, en ese caso, terminé mudando mi ropa al closet de mi hija, pero dejé mis tacones amados en su sagrado lugar.

Clasificar es una herramienta infalible, cada persona clasifica de acuerdo a sus necesidades, prioridades, gustos, etc. Yo me basé en necesidades de la familia y después en gustos. La ropa de los niños fue fácil, pues al estar pequeños, pareciera que crecen entre un sueño y otro de cada noche, o sea de la noche a la mañana como dirían nuestras tías.

Cada temporada guardo una pieza especial: ese suéter de mi hija que parece de azúcar y es de mi color favorito, de mi hijo esa guayabera de Yucatán que le regalaron sus padrinos con tanto cariño y que te anima por un momento a ahorrar para ir pronto a esa tierra tan hermosa y de comida tan peculiar. Lo difícil fueron los juguetes, por alguna razón, al momento de separar los que se quedan de los que se van, el encanto que tienen resplandeció de nuevo y todos, sin excepción eran sus favoritos. Estuve tentada a no dar batalla y dejar que los conservaran, dejé que jugaran un buen rato con ellos y me divertí viendo que el mejor juguete de un niño es la imaginación. Regresando a la realidad, los dejé atesorar aquellos que en verdad tuvieran un significado y uso importante para ellos.

La parte más compleja de esto llegó en cuanto tuve que clasificar mi ropa, ¡caray!, cuánto tiempo, dinero, sueños, momentos y personas hay en la ropa de una mujer. Comencé por los tesoros que colgamos, esas prendas que cuidas como oro molido en tu mejor lugar del closet. Esos vestidos que parecieran de una muñeca, esa muñeca que eras antes de los kilos que te regala la maternidad, que con excepción de algunas mujeres que se sacaron la lotería con un metabolismo increíble y regresan a su talla de antes de tener hijos sin el menor esfuerzo, pero bueno regresemos a las simples mortales que nos guste o no, aceptamos ese regalo y no vamos a entrar en ese vestido y vernos como cuando nos lo pusimos la primera vez.

Para mí, fue como tomarme un té agridulce. Añoré esas noches de fiesta, esas cenas  formales, esos viernes después de la oficina que se convertían en fines de semana sin prisa, donde lo único importante era verme y sentirme espectacular. Renunciar a ellos, fue una revelación de lo que soy hoy, una mujer que ha cambiado, que está cambiando y lo va a hacer constantemente, aceptar que si las estaciones del año cambian, si la tierra cambia, ¿por qué yo no habría de cambiar también?

Las coloqué con cierta ceremonia y cuidado dentro de las bolsas, y así dejarlos ir con la frente en alto y orgullosa de darle entrada y espacio a la mujer que soy hoy. Aceptar que no soy la misma persona que hace una década provocó una ola de frescura y aire nuevo en mi vida; en ese punto, disminuir el número de prendas a menos de la mitad de lo que tenía fue una decisión de la que no me voy a arrepentir nunca. De esa forma, me he despedido de más cosas e incorporado nuevas que me definen como la mujer que soy hoy.

Por último, el tercer paso fue no traer más objetos a la casa, es decir, cada que le doy la bienvenida a algo nuevo, me despido del que sería su equivalente en el pasado, justamente para mantener la sensación de lo que diría una tía: “el equipaje ligero”. Me he vuelto muy selectiva y paciente a la hora de comprar, pues todo lo que tengo en este hogar tiene un valor que va más allá de su valor monetario. Y sí, la vida es un poco más sencilla con menos cosas de las que preocuparse.

Keila Barron

Nací y crecí en la Ciudad de México, el destino me llevó a emigrar a los Estados Unidos hace algunos años emprendiendo un viaje sin retorno. La vida me regaló un marido como nunca lo imaginé, entre dos idiomas y diferentes culturas llegaron mis dos hijos. Mi nombre es Keila, soy una mujer que, como todas, tengo múltiples roles: soy esposa, amante, mamá, hija, hermana, amiga, alumna, y lo que se vaya ofreciendo durante el día. Me encanta platicar, así que que les voy a compartir un poco de todo lo que sucede en esta pequeña familia y los malabares que hago porque todos estemos en una sola pieza antes de irnos a la cama.

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