Lo que nadie te dice de la maternidad

La maternidad es un camino que está lleno de buenas intenciones, las mejores y más genuinas ideas son la base de tan anhelado sueño para muchas mujeres, y decisión del destino para otras. La lista de los “yo nunca”, es interminable.

Ya saben, hablo de esas expectativas irreales, por ejemplo, “yo nunca les voy a gritar a mis hijos”, “yo nunca los voy a dejar que anden corriendo en el supermercado”, “yo nunca les voy a dar dulces para que me dejen pagar en el súper sin que parezcan chivos tocando todo lo que queda a su alcance”; sin dejar de mencionar que lo terminan tocando con la lengua, obligándote a comprar cuanta «chunche» ha sido puesta a prueba con su baba radioactiva que todo descompone.

No podemos olvidar los “yo voy a ser la mama más comprensiva”, “la que pierda todos esos kilos de más en cuanto salga del hospital”, “la que no va a descuidar su imagen, familia, amigos, esposo etc., solo por la llegada de un hijo”.  

Cuando quedé embarazada de mi primer hijo, nadie me dijo que la verdadera maternidad es la montaña rusa más ruda que existe en la vida, nada, absolutamente nada, te puede llevar al cielo en un segundo y tumbarte de sopetón al suelo sintiéndote rota de pies a cabeza como los hijos. No quiero sonar exagerada, pero en verdad, si tan solo me hubieran dicho algunas cosas, o más bien, si tan solo hubiera preguntado en lugar de suponer, mis sorpresas habrían sido menos.

Voy a comenzar con el embarazo, algo que te transforma para siempre y a menudo no de la forma en que nos gustaría. Hay un porcentaje mínimo de mujeres que no tienen la mayoría de los síntomas difíciles de la gestación, para el resto de las mortales como yo, estar embarazada fue sinónimo de malestares, unos tolerables y otros realmente incómodos. Como todo ciclo, el embarazo culmina en el parto, y empieza con contracciones, esos temidos dolores que te avisan que la llegada está cerca, no tanto como uno quisiera pero la espera está por terminar, lo único que les puedo decir es respiren, estamos hechas para eso.

El parto es una experiencia fuera de este mundo, que puede ser rápido, lento, sin dolor, con dolor, en casa, hospital, con doctor, con dula o como sea, créanme, es una metamorfosis, yo no sabía a lo que iba la primera vez, y mucho menos sabía que después de que nace el bebe, cortan el ombligo, nace la placenta, es como un segundo parto chiquito, donde sientes que se te salen las entrañas entre las piernas; en mi segundo parto, le pedí a la enfermera que me dejara ver y tocar la placenta, es como un perfecto árbol de la vida, pues de ahí se alimenta el bebe durante los nueve meses que dura la gestación.

El postparto duele, duele el cuerpo, duele el alma, duelen los senos y la lactancia es todo un reto, se necesita mucha paciencia y perseverancia para lograrla.  Cuando por fin estas en casa y regresas a la normalidad después del hospital, te aconsejo que te dejes ayudar, en mi caso, mi mamá y mi tía viajaron y se quedaron cuatro maravillosos meses a mi lado. No pude tener mejores mentoras, unas maestras en el arte del amor, pasaban como ángeles por la casa ayudando sin que se los pidiera, cobijándonos con comida, consejos y muchos brazos disponibles para un niño chillón.

Acomodarme en mi nuevo cuerpo, me costó muchísimo trabajo, nada queda en su lugar, todo se ve diferente y se siente diferente; aceptar ese cambio es un proceso largo, dejé de verme al espejo, tuve que aceptar que lo único que me quedaba era ropa de embarazada, aunque ya no lo estaba, y a pesar de que todo mundo te diga que es normal y que seas paciente, no deja de ser un golpe a tu autoestima por un tiempo.

Tu sueño jamás va a regresar a lo que era antes, se vuelve ligero, pocas veces tienes noches reparadoras, te acostumbras a dormir en estado de alerta: ¡hoy me toma tres días recuperarme de una desvelada!

Hay cosas que extraño de antes de convertirme en mamá, una de ellas es poder comer sin interrupciones y que la comida este aún caliente, ¡caray!, es todo un gusto que nunca aprecié, hasta ahora.  Las pocas ocasiones que lo logro, es cuando salgo sin mis hijos, esas comidas son lo máximo.

Lo que nadie te dice de la maternidad es que te vas a volver toda una experta en sacar lo mejor de situaciones inesperadas. Que vas a ser capaz de cargar 15 kilos en un brazo, mientras con la otra haces múltiples cosas; que vas a dejar tus tacones en el closet y te vas a volver amiga de los flats; que cuando te invitan a una fiesta formal, el vestido lo vas a escoger dependiendo la edad de tus hijos; que salir de casa va a ser un carnaval y salir de vacaciones un dolor de cabeza; que no hay felicidad más grande que el que los niños regresen a clases y por fin tú casa este más de 10 min en silencio; tus amistades van a cambiar, vas a sentir que estas fuera de época, que ya no sabes lo que pasa en el mundo que no tenga que ver con niños.

Ser mamá, la mayoría de las veces es una elección, una que nadie sabe en lo que se mete hasta que tienes a la criatura en los brazos, y dices, ¿ahora qué hago con esto?

Keila Barron

Nací y crecí en la Ciudad de México, el destino me llevó a emigrar a los Estados Unidos hace algunos años emprendiendo un viaje sin retorno. La vida me regaló un marido como nunca lo imaginé, entre dos idiomas y diferentes culturas llegaron mis dos hijos. Mi nombre es Keila, soy una mujer que, como todas, tengo múltiples roles: soy esposa, amante, mamá, hija, hermana, amiga, alumna, y lo que se vaya ofreciendo durante el día. Me encanta platicar, así que que les voy a compartir un poco de todo lo que sucede en esta pequeña familia y los malabares que hago porque todos estemos en una sola pieza antes de irnos a la cama.

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