Ser mamá, entre la culpa y el amor propio

Las mamás somos una fuente infinita de amor, es inmensurable nuestra capacidad de amar desbordadamente a nuestros seres queridos. Hay noches en las que antes de acostarme, repaso el día, veo si me falto algo, si olvidé llamarle a alguien, o el cumpleaños de alguien; que gracias a que Facebook  me notifica los cumpleaños de los cientos de personajes que integran mi tan versátil lista de amigos, me doy el tiempo de escribir algo a cada uno.

En fin, los días pasan por lo regular iguales, me levanto, me estiro como gato en la cama, a veces Max mi gato me acompaña en tan delicioso ritual. Después de sacudirme la flojera, salto al baño, despierto a los niños, me sirvo mi delicioso café de las mañanas que, BJ mi esposo, deja listo puntualmente antes de irse a trabajar; mismo café que caliento hasta tres veces porque se me olvida en el microondas en el transcurso del día. Salimos de la casa haciendo malabares para dejar a Cald en la escuela; donde se supone va a aprender, pero creo que Cald que es muy abusado y más bien lo ve como su tiempo para jugar y lo demás le importa un pepino. Regresamos a la casa Ivanna y yo, preparo su desayuno para que lo pueda disfrutar calientito y  sin que nadie la interrumpa, mientras  hago yoga por una hora. Me sirvo lo que sobró del día anterior y comienza el recorrido de la casa; recoger cosas, cerrar cajones, revisar la despensa, preparar la cena, meterme a bañar, recoger a Cald de la escuela. Hacemos la tarea, comemos, recogemos la cocina que, aunque somos tres personitas, en ese momento pareciera que tengo un comedor público y alimento a un batallón de guerra, no entiendo de dónde salen tantos trastes sucios. Cuando por fin terminamos con la cocina, los niños ya están aburridos, les pongo la TV o el Ipad; sí, el Ipad es la niñera en esta casa. En ese par de horas, termino de revisar tareas, y se sirve la merienda. Los niños saltan a la regadera, los ayudo a ponerse crema y la ropa. Para ese momento BJ ya está en casa y se une al son de este carnaval; a él le toca leerle a Ivanna, a mí al niño con los ojos más transparentes que he conocido en mi vida, Caldwell. Para ese momento ya son las ocho de la noche y estoy exhausta. Meriendo con BJ, termino los pendientes de la casa y me voy a la cama como si fuera mi barco de salvación.

Se preguntarán, queridas lectoras, ¿de qué va tan detallado resumen de los días en esta casa?; que estoy segura en todas las casas con hijos es igual o parecido; bueno a lo que voy es que el amor que sentimos por los demás, nos deja incompletas. No me mal interpreten, dar es infinitamente satisfactorio, pero llega un momento en que si seguimos dando sin rellenar el jarrito, pues no va a quedar nada para nadie.

Todas las mamás tenemos una compañera de viaje que es callada, casi no se nota y está de tiempo completo a nuestro lado, hasta que ataca, muerde y nos paraliza varias veces al día, se llama culpa, así sin más, nos asecha sin tregua. Bueno, esa querida compinche a la que nadie invita a la fiesta; pero llega sola y se planta de tal forma que es todo un arte deshacerte de ella, o al menos ignorarla un poco; ella es completamente enemiga del amor propio, te tacha de egoísta e insensible si te ocupas de ti un poco antes que de tus hijos.

La culpa es una señora astuta, que ha encontrado su mejor traje para esconderse en el “deber”, y así pasar desapercibida y muy campante por nuestra vida, haciéndonos sentir que nuestro “deber como mamás”, es sacrificarnos por todos los seres que amamos, principalmente, por esas criaturas que decidimos traer al mundo sin saber en qué nos metíamos.

A esa no muy querida amiga, la reto de repente y en esos duelos o es ella o soy yo. Ella sabe que no sirve para nada, la culpa no hace más que estorbar, no ayuda en nada y al final de cuentas, sin ella mi vida es ¡tan chévere! Hace poco más de un año, me di la oportunidad de acudir a  terapia, fue el arma letal que terminó por dominar a esa señora, que pasa temporadas muy quietecita y calladita, pero sigue acompañándome. Déjenme decirles, que en ocasiones escucharla un poco, no está de más, pero no dejo que dirija mis días.

Ya que les platiqué sobre esa señora terca, ahora les voy a platicar de cómo mi amor propio y yo estamos cultivando una relación de lo más sana. Cald ya tiene edad suficiente para apoyarme en algunas cosas; por ejemplo: los sábados, se levanta, va me da un beso en la cara, enseguida va Ivanna, me embarra otros cuantos besos y salen de puntillas a la sala, escucho a Cald con su voz bajita decirle a Ivanna: “toma una manzana, o la fruta que esté al alcance”, luego se oye cómo con mucho esfuerzo jala una silla y abre la alacena, le da un tazón con cereal a Ivanna y otro para él, saca jugo del refrigerador, le sirve a su hermana, se sirve él, prenden la televisión y se ponen a ver caricaturas, hasta que BJ y yo nos levantamos alrededor de las 9 o 10 am.

Eso para mí, es amor propio, es poner mis necesidades antes que los demás. Mis hijos saben que amo dormir, y aunque la señora culpa algunos días me hace levantarme después de sus besos, tengo que ser sincera y decirles que, la mayoría de los sábados, soy yo la que le gano y triunfalmente me duermo un poco más recordando cuanto me quiero.

Keila Barron

Nací y crecí en la Ciudad de México, el destino me llevó a emigrar a los Estados Unidos hace algunos años emprendiendo un viaje sin retorno. La vida me regaló un marido como nunca lo imaginé, entre dos idiomas y diferentes culturas llegaron mis dos hijos. Mi nombre es Keila, soy una mujer que, como todas, tengo múltiples roles: soy esposa, amante, mamá, hija, hermana, amiga, alumna, y lo que se vaya ofreciendo durante el día. Me encanta platicar, así que que les voy a compartir un poco de todo lo que sucede en esta pequeña familia y los malabares que hago porque todos estemos en una sola pieza antes de irnos a la cama.

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