Mayo con M de mamá

Cada que veo una fotografía o una imagen, en cualquier lugar, donde aparece la figura materna ¡me encanta! No importa que sean de personas o de animales, al final la emoción que me invade es la misma, la seguridad y cobijo que se refleja en la imagen, sin importar la especie, en la mayoría de los casos me lleva al mismo pensamiento, la mamá es sinónimo de amor y protección. Esto, por lo regular me hace a reflexionar a que las nuevas mamás, nos estamos reinventando.

Recuerdo cuando yo era niña, mi adorada y hermosa mamá, tenía un solo rol importantísimo, hacerse cargo de dos niñas hiperactivas. Mantener la casa impecable, correr a todas nuestras actividades sin chistar, encargarse de que esas niñas aprendieran lo suficiente en la escuela para que no fueran burras, comieran bien y no se metieran en demasiados problemas; eso lo menciono por mí, que siempre he sido rebelde y con una boca enorme, no dejo pasar una sola oportunidad para compartir mi pensar, que no es del todo convencional, así que imagínense hace 30 años, me la pasé metiendo a mi mamá en cuanto lio se puedan imaginar.

Mi amada Jose, mi mamá, era una mamá joven, casi una niña de gesto tímido y sonrisa de reina. Como muchas de antes y ahora que, por destino o decisión, se casó a los 15 años, mi hermana la convirtió en mama a los 16 años y yo a los 20. No imagino la responsabilidad que se colgó a los hombros desde tan corta edad. Guiarnos y dedicar, literal, su vida a nuestra familia fue su único propósito por aproximadamente 25 años.

Jose, como yo le digo, desarrolló una técnica infalible para adivinarnos los gustos, a mi hermana y a mí, nos llenó la infancia de regalos precisos; a pesar de las muchas limitaciones económicas; nos consiguió cuanta beca pudo para que practicáramos deportes, se levantaba gruñona los sábados muy temprano para llevarnos a las 6 de la mañana a la alberca olímpica; por el simple capricho de sus hijas de ir a patinar con sus amigos a esa hora, antes del entrenamiento de las 9 de la mañana.

Nunca la escuché mencionar algún sueño que no nos incluyera, ni siquiera algún plan donde quedáramos fuera, muchísimo menos una salida con mi papá sin sus hijas. Ahí es donde digo que la maternidad se está reinventado un poco, o más bien, las mamás de ahora nos estamos acomodando a otra época.

De entrada, nosotras sabemos que nuestros hijos se van a ir, los estamos preparando para que hagan su propio camino, no para quedarse. Conscientes de que son un bien prestado, nos dedicamos más tiempo a nosotras, nos cuidamos más, vamos al médico y nos hacemos chequeos anuales, tomamos vitaminas y suplementos, vamos a terapia; pues sabemos que si nosotras no estamos bien, nada en la casa funciona; hacemos ejercicio, nos preocupa llegar a viejos llenos de achaques, nos hacemos tatuajes y cambios de look algo estrafalarios. Lo que nos ha dado el nombre de “chavos rucos”, recuerdo la primera vez que me dijeron así, no sabía si reírme o enojarme.

Dejamos a los esposos disfrutar y entrarle hombro a hombro a la crianza de nuestros hijos. Hacemos planes y tenemos salidas sin los hijos, buscamos noches de chicas para hablar de todo menos de ellos, sin sentir culpa. Nos inscribimos en la universidad a nuestros treinta y algo, porque aún tenemos todo por aprender.

Las mamás de antes no la tenían fácil, las de ahora tampoco. Con cada generación los retos y peligros cambian constantemente, sobre todo en esta época en que pareciera que la vida misma lleva prisa, una prisa sin chiste pero que nos pisa los talones.

No pretendo decir que las mamás de hace 40 años eran mejores, o que nosotras lo somos, pero la realidad nos dice a gritos que nada es igual. Irónicamente, hay cosas que se mantienen suspendidas en el tiempo, hablo de lo básico de la maternidad, que es cuidar y proveer de todo a nuestras crías, no importa la época ni el lugar, al final, como dice una frase que encontré en internet, “No hay manera de ser una madre perfecta, hay un millón de maneras de ser una buena madre”. Y eso, es lo único que importa.

Keila Barron

Nací y crecí en la Ciudad de México, el destino me llevó a emigrar a los Estados Unidos hace algunos años emprendiendo un viaje sin retorno. La vida me regaló un marido como nunca lo imaginé, entre dos idiomas y diferentes culturas llegaron mis dos hijos. Mi nombre es Keila, soy una mujer que, como todas, tengo múltiples roles: soy esposa, amante, mamá, hija, hermana, amiga, alumna, y lo que se vaya ofreciendo durante el día. Me encanta platicar, así que que les voy a compartir un poco de todo lo que sucede en esta pequeña familia y los malabares que hago porque todos estemos en una sola pieza antes de irnos a la cama.

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