Los sabores de la vida

Creo ya les había mencionado que la relación entre la comida y yo es buena, pero qué digo buena, buenísima y de amor mutuo.

Un par de años después de casarme, descubrí que me encanta cocinar y comer, para ser sincera siempre he tenido gusto por comer, pero desde que por necesidad tuve que meterme en la cocina y ponerme el delantal, encontré una de mis pasiones, cocinar.

Puedo decir con cierto orgullo, que vengo de una familia de grandes cocineras. Como la mayoría de las mujeres mexicanas, mi mamá tiene un sazón que parece magia, todo lo que prepara es delicioso, sin exagerar. También mis tías, cada una con sus “especialidades”, desde la que es todo gourmet, hasta la que su especialidad es vegetariana, con su forma única de preparar unas delicias fuera de lo ordinario sin traicionar su convicción vegana.

Mis abuelos maternos, fueron los primeros que me enseñaron a comer y a cocinar con amor, mis primeros recuerdos con ellos son aromas, pero sobre todo sabores. Mi abuelo, a quien le decía papá gordito, hacía de cocinar una labor tan básica y cotidiana, todo un ritual.

Yo tendría unos tres o cuatro años cuando mucho, nos levantábamos tarde los días que yo me quedaba a dormir en su casa, que eran muchísimos, desayunaba tremendo jarrón de atole, sin olvidar pegarle unos tragotes al café de mi abuelita, me ponían muy coqueta con sombrero y nos íbamos al mercado. Recuerdo que me compraba un tepache, y de ahí íbamos a la pollería y carnicería; donde me dejaban meterme a los huacales llenos de viseras de pollo para escoger los corazones y las mollejas en una bolsa de plástico; pasábamos a comprar tortillas y ahí iba yo, apestando a viseras con las manos llenas de corazones y el corazón rebosante de anticipar lo que iba a comer.

Mi papá gordito, dejaba desde una noche antes los frijoles en una cacerola de barro en el anafre y otras veces en la estufa a fuego muy lento durante toda la noche. Después de quitarme la ropa y quedarme en camiseta y chones, me subía al lavadero en el patio a lavar mi preciado manjar, ya limpio lo poníamos a asar en un comal junto con lo que llevaría la salsa, mientras el molcajete majestuoso nos esperaba para ser la estrella del almuerzo.

Cierro los ojos y puedo recordar el aroma, el calor e incluso los sonidos de fondo de esas mañanas.

Esos tacos de viseras los dejé de comer poco después, pues mi abuelo sufrió una embolia que lo dejo postrado en cama durante varios años, antes de que muriera cuando yo tenía seis. Ahí nació mi cariño y gusto por cocinar sin saber que unos 30 años después, sería una de las cosas que más disfruto en la vida.

Este último verano que pasamos en México, tuvo muchas cosas especiales, una de ellas fue que tuvimos la oportunidad de reunirnos en familia varias veces para comer juntos, ¡y no saben los festines que se armaron!

Mi hermana es una bruja cocinando, es como si su cocina fuera donde se elaboran hechizos que nos hacía caer rendidos a todos; mis hijos adoran ir a casa de su tía Libni porque los deja participar, porque hay de todo, porque ella sabe hacer todo, según mi hijo Cald, y porque compartimos el amor por cocinar y por comer.

Para mí cocinar, para otros un acto de amor. Me encanta ver que disfrutan desde una ensalada de fruta en la mañana, hasta unas galletas de chispas de chocolate en la merienda. 

Los niños están tomando ese amor por cocinar gracias que me armo de paciencia y los dejo participar muchísimo en la cocina, desde lavar la fruta y verdura, que es la especialidad de Ivanna, hasta picarlos, que es la especialidad de Cald. Me queda claro que la relación que pueda llegar a tener nuestros hijos con la comida, mucho depende de nosotros cómo papás.

En mi caso, la relación es buena pero no fácil, yo no sé por qué, pero despierto todos los días con hambre, tengo hambre la mayoría del tiempo y tengo que ser muy consciente de lo que escojo comer, para que eso no afecte mi aspecto físico y mi salud. Soy algo estricta conmigo durante la semana y los fines de semana me como lo que se me pega la gana sin culpa. Cocinar con los niños me ha dado control sobre lo que comemos, a mí me regala momentos y a ellos, los sabores de su vida.

Keila Barron

Nací y crecí en la Ciudad de México, el destino me llevó a emigrar a los Estados Unidos hace algunos años emprendiendo un viaje sin retorno. La vida me regaló un marido como nunca lo imaginé, entre dos idiomas y diferentes culturas llegaron mis dos hijos. Mi nombre es Keila, soy una mujer que, como todas, tengo múltiples roles: soy esposa, amante, mamá, hija, hermana, amiga, alumna, y lo que se vaya ofreciendo durante el día. Me encanta platicar, así que que les voy a compartir un poco de todo lo que sucede en esta pequeña familia y los malabares que hago porque todos estemos en una sola pieza antes de irnos a la cama.

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