Y seguimos en casa…

Han pasado unas 7 semanas aproximadamente desde que comenzó el “quédate en casa” y puso al mundo patas arriba. No voy a mentir, toda esta situación que se está dando en casi todo el mundo, a veces me agobiaba las 24 horas del día, ya se imaginarán que bajo estrés, encierro y las malas noticias que abundan en los medios, no me ha sido posible ser la mejor versión de mí. A esto súmenle que tengo que tomar el papel de maestra, como casi todas las mamás, para que los niños sigan hasta cierto punto con sus actividades escolares, esto ya me había comenzado a pesar como una piedra en los hombros, que digo piedra, una losa.

Sinceramente he tenido días terribles, y en uno de esos días ya en la noche, una simple pregunta de mi adorado hijo Cald me hizo reaccionar. Estaba secándole el pelo con prisa para que se fuera a cenar, cuando me paró con sus manitas y me pregunto: «¿mami, cuándo fue la última vez que jugaste conmigo hasta que nos duela la panza de reírnos?». En ese instante tome una bocanada de aire, le sonreí y le dije, «no me acuerdo mi vida».

Terminé la noche lo más tranquila posible, pero no pude dormir pensando y re pensando en su pregunta. Por alguna razón, se me quedó prendida la imagen de sus manitas aún pequeñas, sus ojos buscando a la mamá que yo quiero para mis hijos, y que por ciertas circunstancias andaba distraída con todos los acontecimientos recientes. Desperté al siguiente día preguntándome: ¿cómo dejar colgados en el ropero todos los asuntos que me preocupan?

En el transcurso del día me enfoqué en pensar en las pérdidas que estamos teniendo, de todo tipo, económicas, de empleos, de libertad de movimiento, por llamarlo de alguna forma; cuando de repente, vi un video donde un artista que me gusta muchísimo mencionaba eso: ¡la vida son perdidas! Decía algo así como que la vida no te da un contrato al nacer, no existen garantías, y que todos absolutamente todos, vamos a perder algo todos los días, nos guste o no, porque así es el maravilloso misterio de la vida.

Concluí  que la vida está hecha de eso, de pérdidas. Sus frases me acompañaron por varias horas y creo hasta días para llegar a la conciencia de la que gozo por momentos, y aunque sé que lo que voy a mencionar es fuerte y difícil de llevar a cabo, me resultó inmensamente liberador. Una de esas mañanas desperté y me dije, «vive a tu familia y a tu vida como si hoy fuera el último día de vida». Sentí un nudo en la garganta espantoso de solo mencionarlo, me recorrió un escalofrío tremendo de la punta del pie a la punta de la cabeza, respiré y dije, «anda, no es el último día, pero vívelo como tal». Fue como si la vida tuviera una nueva luz, fe y esperanza. Para mí la fe es confiar y la esperanza es creer en las cosas. No pretendo romantizar las pérdidas, por supuesto que duelen, pero si te aferras a lo que ya no está, es imposible ver lo que tienes justo frente de ti.

Esta pandemia está cambiando de la noche a la mañana al mundo donde vivimos, nada, absolutamente nada, va a volver a ser igual para bien y para mal. Estamos tan mal acostumbrados a no vivir en el momento, pensando en que lo que tenemos es bueno, pero lo que viene es mejor, que pasamos la mayoría del tiempo perdiéndonos de lo bueno, en espera de eso mejor, que ni siquiera existe.

Bueno, ya después de tanta introspección, dije manos a la obra. Las últimas dos semanas han sido mucho mejores, es más, me atrevería a decir que de las mejores de este año. Curiosamente en medio de una pandemia, a los Browns nos están pasando cosas maravillosas. Pasamos más tiempo juntos, he dejado de ver noticias a todas horas y dedicado a los niños la mayor parte del tiempo de ocio. Me muero de risa viendo videos chistosos con mis tesoros, bromeo con mi esposo BJ mucho más, el estrés y preocupaciones son pocos, y cuando siento que de nuevo voy al círculo infinito de sobre pensar, hago una pausa literal, y comienzo de nuevo en ese instante.

Despierto con la única misión de ser la mamá que quiero para mis hijos y la compañera que me gustaría para mí marido, una que jamás va a ser perfecta, pero que trata de llenar esta pandemia con buenos momentos; y aunque las horas de escuela en casa siguen siendo un reto a mi paciencia, trato de ayudarlos sin desesperarme tanto, porque supongo que aprender estresados es imposible.

Hace poco leí un libro muy lindo de tanatología, donde la autora, como parte de unos ejercicios de visualización, hace preguntas que tú tienes que contestar, hubo dos que me hicieron reaccionar aún más. La primera es: ¿si pudieras dejar escrito tu epitafio para que lo grabaran en tu lápida, que te gustaría poner?, contesté con todas mis hermosas virtudes; pero luego vino lo bueno, la segunda pregunta decía: ¿si hoy murieras, crees que te has ganado ese epitafio o todavía no? Para mí fue ¡wow!, dije quizás sí o quizás exageré en la primera respuesta.

Y bueno, aquí estoy, viviendo la pandemia como si fuera mi último día, y créanme, la alegría, el gozo y el agradecimiento no me cabe en el pecho por momentos.

Keila Barron

Nací y crecí en la Ciudad de México, el destino me llevó a emigrar a los Estados Unidos hace algunos años emprendiendo un viaje sin retorno. La vida me regaló un marido como nunca lo imaginé, entre dos idiomas y diferentes culturas llegaron mis dos hijos. Mi nombre es Keila, soy una mujer que, como todas, tengo múltiples roles: soy esposa, amante, mamá, hija, hermana, amiga, alumna, y lo que se vaya ofreciendo durante el día. Me encanta platicar, así que que les voy a compartir un poco de todo lo que sucede en esta pequeña familia y los malabares que hago porque todos estemos en una sola pieza antes de irnos a la cama.

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